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Abel Viracocha

Nací un primero de abril de 1963 al norte de Quito. Mi encuentro con el quehacer plástico tuvo sus inicios en mis primeros años de vida, en la casa de teja paterna rodeada por frondosos bosques de eucalipto y ciprés, el patio protegido de formas, efigies talladas en piedra por alguien, esculturas en las cuales subía y bajaba en juegos incesantes de la niñez, el vuelo del wiracchuro, el croar de las ranas, el canto de los pájaros, el lamento de la tórtola al anochecer y el repicar de martillo y cincel en armonía incesante, son imágenes y sonidos que han quedado grabados en mi mente; después entendí que el hombre que jugaba a dar forma al mármol y a la piedra era mi padre, dos sentimientos se conjugaban en aquellos tiempos: intervenir en ese juego, produciendo mis propios sonidos y formas y disfrutar de la compañía de mi padre, momentos felices que terminaron con el inicio de la educación formal, tan necesaria, ardua y complicada, donde la memoria empieza su almacenamiento de información y la creatividad, el juego, la fantasía pasan a un segundo plano. Con los años entendí que mi decisión estaba tomada, el arte sería la razón de mi existencia, actividad que amo, la disfruto sobre todo y ante todo.

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Exposición de arte del artista Abel Viracocha , colegio de abogados de Pichincha

LEGADO ARTÍSTICO

TÍTULOS Y CERTIFICADOS

TESTIMONIOS SOBRE EL AUTOR

MÚSICA CONGELADA

Guido Diaz Navarrete (Casa de la Cultura Ecuatoriana BENJAMÍN CARRIÓN)

Hemos escuchado decir que la arquitectura es música congelada. Esta frase que se le atribuye simultáneamente a Goethe (1749-1832) y a Schopenhauer (1786-1860), debió haber sido dicha por uno de ellos, seguramente frente o dentro de una catedral Gótica, escuchando la Fantasía en G menor, La Grande de Juan Sebastián Bach. Los acordes de esa melodía parece que fugan hacia el cielo y dibujan cada uno de los torneados rincones y picos de la iglesia. Todos los sonidos terminan allí; se congelan y forman columnas, bóvedas ojivales. Esta frase no pudo haber surgido en otro lugar, porque solo la música de Bach puede congelarse y tomar la forma de las catedrales; pero no, esas iglesias se construyeron antes de que Bach compusiera su música, o sea que Ghoete y Schopenhauer debieron haber dicho dentro de una catedral Gótica, oyendo a Bach, esta música es esta arquitectura derretida. En cambio yo, frente a la obra de Abel Viracocha, si podría decir que se trata de música congelada; o mejor, acompañada la voz del artista, que estamos frente a la petrificación de la luz, del espacio, y de la música; ósea, del tiempo. Viendo estas obras escucho a cada uno de los cuartetos de cuerdas de Beethoven y me dejo envolver por su melodía limpia, continua, sinuosa, suave, delicada y de pronto, fuerte, festiva, entusiasta y compleja. Pulida y áspera; brillante y opaca; sensual y violenta. Abel Viracocha le atrapa al tiempo y lo funde en un torbellino, tal como Beethoven hace vibrar las cuerdas de chelos, violas y violines y nos hacen sentir otros paisajes.